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Una reciente investigación de Great Place to Work arrojó que, en busca de un mayor equilibrio entre vida personal y laboral, los colaboradores prefieren trabajo flexible en lugar de reducir las horas.

Hace un tiempo que el llamado «work life balance» ocupa un lugar destacado en el mundo de las empresas. El objetivo es generar ambientes positivos de trabajo que, como ya sabemos, impactan de manera directa en el bienestar general de las personas. Y eso, en muchos casos, también genera mayor productividad.

En línea con esta idea, las organizaciones brindan beneficios de salud, hacen arreglos flexibles del horario laboral, apoyan a sus colaboradores en momentos trascendentales de sus vidas, integran a sus familias, proveen ayuda de diversa índole para la educación de los hijos y se realizan múltiples celebraciones en la oficina a diario.

Esta preferencia se da también en cuanto a los cargos, siendo que los más altos optan por la flexibilidad y los más bajos, por la menor carga horaria. A su vez, las mujeres necesitan descansar y relajarse, y los varones, esparcimiento, como preferencia de prácticas asociadas al work life balance.

Pero más allá de las diferencias, esto nos exime del clásico dilema de la gratificación tardía: primero trabajo para ganar dinero y luego me retiro para disfrutarlo junto con mi tiempo libre. Los resultados de la encuesta nos permiten entrever el conflicto actual: la gratificación no puede esperar tanto tiempo. En el acelerado aquí y ahora tenemos que comprender las necesidades de los colaboradores para no ofrecer beneficios a destiempo, dado que, de seguro, no ayudarán a cubrir ninguna expectativa.

Muchos managers, todavía hoy, temen que estas modalidades atenten contra la productividad. Sin embargo, lo que vemos en los casos estudiados es que la variable determinante es cómo los managers construyen confianza y cómo moldean las estructuras organizacionales.

Emilia Montero PARA LA NACION